Antonio's profileEclipsE StopPhotosBlogGuestbookMore ![]() | Help |
Muchas gracias. Es bueno saber que alguien a perdido el tiempo leyendo estas cosas. Salud!
kittywrote:
Hola,solo decirte que me gusta todo lo que escribes,como expresas tus sentimientos,tus pensamientos (me ha encantado) todo lo que te gusta o todo lo que te rodea y me gusta como tu cabeza tanto de si para escribir cosas tan retorcidas y tan interesantes.
Me encanta haberte conocido.
un beso y un abrazo.SF(nunca se me olvidara ;-) )
Dec. 1
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EclipsE Stop...as you can see when you look at me, I´m pieces of what I used to be... BORROSAA rebufo de las cosas pendientes el viento del recuerdo llega inerte, casi frío, al roce con los pliegues de los ojos cerrados con la fuerza de antaño, de los años pasados por páginas al olvido, de las maneras perdidas por refinadas, de las miradas encontradas entre la multitud… Afina el paso y aprieta los dientes, el sol viene picado, piensa, y piensa que a veces dejaría de pensar en todas las cosas que le rodean por un instante para dedicarse, si es que puede, a definir de nuevo el rastro del camino que pierde por momentos. Sus instantes de gloria duermen atesorados en el hueco que queda entre el alma y el corazón, ese que solo se abre durante unos instantes en el duermevela, justo antes de ver pasar por su ventana los sueños que la llevan por instinto a los mejores años de su vida. Su borrosa silueta se dibuja tras el empañado cristal de la ventana, quieta, tranquila, observando como el llanto de las nubes les convierte en hormigas desorientadas luchando por encontrar cobijo un poco más abajo. Sus ojos cansados otean las llanuras que se hunden en las faldas de lejanas montañas, aquellas a las que nunca ha ido y sin embargo, conoce como los pasillos del gran edificio donde está obligada a morar. Encarcelada en un mundo aséptico la rutina es bienvenida por afano y derribo, a fuerza del tiempo mudo que deja caer uno tras otro los granos del gran reloj de arena que alguien voltea siempre en el mismo sentido. Princesa inerte de un reino caído, danza su figura entre pasillos de hormigón cual fantasma que busca el rastro de una luz, de un instante de fulgor, que le negaron hace tiempo. De no ser porque hay alguien que parece que le habla en alguna parte de la habitación, hay momentos en que crees estar viendo, al borde, la silueta de una sombra dibujada a mano alzada, condenada a permanecer observando lo que pasa más allá de un cristal que hace las veces de muro infranqueable, muro de lamentos y escaparate de sueños. Más abajo él se ha resguardado de la lluvia, mientras mira alrededor esperando un claro que le permita echar a correr y acercarse un poco más a su destino, enciende un cigarro, el tercero de hoy, la tercera vez que piensa en dejarlo. Como fantasma sin morada pertenece al asfalto que le vio nacer, el mismo por el que rema día tras día arriba y abajo como alma que lleva el diablo. Aspira el humo de la primera calada, descuelga su mirada al suelo, repasa de nuevo el plan del día y vuelve a sentirse seguro con la aceleración de las cosas que solo rozan el aire con las turbulencias que dejan al pasar. Un segundo, apenas si da tiempo a parpadear, y ya ha vuelto a repasar en plan diario, tatuado a mano en un girón de papel que saca cada media hora para revisar y volver a organizar su mente con todas las cosas por hacer. Su vida depende tanto de ese trozo manuscrito como del aire que contamina con el humo. Otra vez piensa en dejarlo. El paso fugaz de un coche a su lado deja el rastro salpicado de barro al pisar, con prisas, un charco formado por la lluvia. Hoy el día se presenta nefasto, ha de volver a casa a cambiarse, no puede trabajar así, depende de su trabajo y su trabajo depende de la imagen. Por ende, depende tanto de su imagen que no puede permitir que el primero hable por él sin un dibujo impoluto con el que hacer antesala. Suspira de resignación, da una calada, piensa en cuando lo dejará y vuelve a sacar la nota. Cancela varias entradas, mañana tendrá el doble de trabajo. Hay que hacer hueco para volver a casa y salir como el rayo si quiere llegar a todas las citas que deja planeadas. De vuelta tendrá que hacer unas llamadas, posponer visitas, establecer las del día siguiente y volver a salir a la calle como el rayo. Ella baja la cabeza para volver a mirar cómo la gente envida su libertad en los caminos que recorren a diario, encerrados en la rutina que postula un recorrido sin más altos que bajos, sin más impresiones que las solicitadas por correo certificado, con quince días de antelación. Él da otra calada, otra vez piensa en dejarlo, levantando la cabeza para soltar la bocanada blanca, sin enchufar nicotina en la cara de alguien que no haya encontrado su pie derecho al levantarse. Bastante retorcida está la cosa como para encima molestar piensa. En ese momento se fija en su figura, ella lo observa, se miran, y durante unos segundos sus miradas se cruzan como faros en la noche… En la pequeña distancia que separa una acera de otra puedes ver las briznas de eternidad que se platean al girar de costado al sol. Momentos instantáneos que comparten dos almas tan diferentes como distantes, hasta ahora. Arriba sus ojos denotan la paciencia de quien afana trabajo en su alma, limpiando los rincones de las cosas que quedaron impregnadas con recuerdos ajenos, algunos malos, algunos buenos. Abajo sus ojos encuentran el remanso que siempre anduvo buscando para sí, aun sin saberlo, mientras el duro remo autoimpuesto infundía más y más velocidad a su rutina. Dos miradas cruzadas, jugando en un ínfimo intervalo a curiosear, la una con la otra, en el intento de ver de soslayo las épocas que pasaron por sus manos. Por arriba, una mirada tímida, que casi puedes romper si miras fijamente con fuerza, abajo, la otra intentando disfrazar a fuerza de costumbre, el grito ufano del corazón al pedir un descanso. Chocadas con la fuerza del alma por entrever, imaginar y soñar instantes paralelos de la vida que siempre deseó. Intentando amparar en un segundo los trazos de otras experiencias, completando los huecos con momentos propios para, al final, dibujar la vida que cada uno quisiera vivir y no tiene. El mundo hace lo suyo, y arroja un golpe de realidad al pasar otro coche a sus pies, dejando otra vez el recuerdo de su vida en forma de nuevas gotas de barro en la camisa. Aunque a veces falla, y por ser consciente de la parca resistencia humana se queda corto. No ha conseguido que baje la cabeza y en el gesto, sin tener apenas consciencia, ha echado un leño al fuego. Ella sonríe, sintiendo el ridículo que resultaría la misma situación en su piel, deseando sin embargo vivir esos momentos. El sonríe, muy pocas veces se ha quedado colgado esperando una respuesta de ojos de alguien desconocido, intentando sentir la paz de sus ojos. Dos sonrisas que duran el momento que conllevan en su suspiro, dejando el sentido quedo, albergado para alegrar el resto de día. Ella mira al cielo, él mira su cigarro, se ha apagado, saca la nota y vuelve a organizar el día. Desplaza unas líneas arriba, otras más abajo y queda el hueco perfecto para escribir una nueva entrada “pasar por aquí mañana”… “…por la magia de un instante…” €clips€ POLVO ERESEsta noche la luna enciende las velas con la melodía que cantan lo árboles entre la bruma, a la llegada del alba, unidas por la batalla a los ancestros que veneraron y por los que nunca bailaron de balde. La noche entra por el gran ventanal a pasos lentos, como la niebla que en su constancia no tiene prisa por anegar el llano, su corazón aletea levemente en los instantes que preceden la tempestad, su mirada se pierde en el infinito, donde cuelga a secar los pocos recuerdos que desea llevarse esta noche, y yo, por si mi cincuenta lo pregunta… yo estoy épico, como siempre. A pocos kilómetros las estrellas afanan el encuentro del paso de las nubes, que vienen tensas por saber que la noche las eclipsa, siempre las eclipsa, más aún cuando vienen oscuras, tan cargadas de prisa que no pudieron esperar la llegada del sol. Descansando en el punto exacto para ver, más abajo, lo que ocurre bajo un arrecife de cartones amontonados al pie de un bidón de hojalata que, sin embargo, esta noche tiene la importante tarea de calentar. Sabe por las cosas que ha visto que la parca está buscando las tijeras con las que cortar su hilo, y no puede más que sonreír pensando en que si ha de recordar toda su vida en un segundo, será sin duda el segundo más largo de la historia, su historia. Por su parte, en la mansión, a través de los grandes cristales puede ver como el viento juega entre los jardines que él mismo diseñó a gusto como regalo de boda para su segunda esposa, el laberinto de cipreses que envuelve un pequeño jacuzzi escondido que no puede ver desde la cama, la gran explanada de césped que hizo traer de California y más allá, en el lugar más alejado de la casa, una piscina de agua salada, capricho de una nadadora olímpica que pasó por su vida. Su camino le enseño que al ganar unas cosas, inevitablemente ha de perder otras. Contó con eso en cada decisión que tomó y asumió, por ende, las sombras que algunas noches le impedían conciliar el sueño. Bajo el puente Eli, como se hace llamar, mira a su derecha y sabe con certeza que esta noche la gente que le rodea no lo hace por el calor de la flama que calienta. Conoce a unos pocos, a otros los había visto en algún lugar, en algún momento, del resto no se acuerda. Todos reunidos para cumplir uno de los mandamientos que Moisés olvido recoger, grabado a fuego en las gentes que viven a este nivel, es algo que no se dice, solo se hace… “ninguno de nosotros muere solo”. Lo sabe, y al igual que muchos de los que hoy le rodean, el ha formado parte en otras ocasiones de los testigos que con ojos vidriosos despiden a alguien de quien solo preguntaron si la noche anterior vino fresca. Esteban, siente la soledad como propia, siempre creyó un error una cama tan grande. Se hacía una idea, cuando su decorador le aconsejó, de cómo serían los últimos días que pasaría, postrado en ella, con su efímero acompañante transformado en el telefonillo de servicio. Esta noche no quiere molestar. En el fondo le gusta la sensación de que nadie sufrirá mañana, ni se preguntará a qué lugar irá a parar su alma. Todo está preparado, todo bien atado; para eso paga; para evitar preocupaciones menores y poder dedicarse de pleno a las cosas que decidió importantes en su vida, y nada entendió más importante que rodearse de todo aquello que deseó. Eli cierra los puños, sabe que mañana será un recuerdo efímero en la mente de aquellos que por azares del destino se cruzaron en su camino de baldosas amarillas, “camino de oz” le gustaba decir cuando alguien le preguntaba que hacía donde iba. “a buscar mis zapatos para volver a casa”, aunque bien sabía que su casa era tan grande como podía imaginar, como podía pasear. Sus suelas arrastraban el polvo de las experiencias que vivió, de los instantes que la vida brinda de gratis, porque sí, si sabes donde esperar, ellos vienen solos, y si sabes cómo disfrutarlos, sin prisa, estos se pegan al alma para poder desgajarlos una y otra vez sin miedo a perderlos. Por su parte, Esteban repasa el testamento mentalmente, sabe que mañana muchos lo odiarán y se imagina los ojos bien abiertos de las caras sorprendidas de aquellos que le pusieron trabas en el camino, sabe cuánto les debe. Estos lo ayudaron a lidiar con la tempestad, y hacerla suya para saber, de lejos, cuando se retuerce el mar y quiebra en tu dirección. “Ojalá supiera el precio de poder observar un día entero después de muerto”, piensa. Todo tiene un precio, y el gran problema de este mundo radica en la manera de conocerlo. Hay cosas por las que intentas ofrecer un precio bajo, y en su orgullo se encarecen, otras por humildes, se devalúan si las miras fijamente durante unos instantes. “el modo”, repite,”la manera de saber su precio sin afectarlas es la clave” piensa. Cerca del puente uno de ellos se ha acercado al regazo de un viejo moribundo, atacado sin mesura por el precio de ver las estrellas en mitad del duermevela que precede sus sueños. “Pronto nos veremos compañero. Si dónde vas no esta tan bien, avísame… que entre ministros no nos pisamos comisiones”. Eli sonríe, cuca un ojo y vuelve a mirar alrededor para ver sus caras, caras arrugadas que exprimieron la vida en algún punto, algunos aún lo hacen, algunos mantienen el brillo que solo cristaliza los ojos de aquellos que ven los sueños, más aún, conocen el camino. Solo ellos saben porque pagan el precio de soñar un alma llena de experiencias. Por poniente, Esteban enumera una tras otra las cosas que quedaron pendientes por hacer. Hay alguien encargado y con instrucciones precisas para ir terminando una detrás de otra todas ellas. Y aunque sabe que no está lo suficientemente preparado, es ambicioso, como él cuando empezaba, y el dinero que ha ido dejando escondido por el camino hará que el pequeño pez que se mantenía en su regazo, se convierta en poco tiempo en el tiburón financiero que intenta surgir en su interior. Tomará las riendas y espera que haga de su nombre una digna herencia que recordar. Solo eso importa, cierra los ojos, solo lo que se siente al pronunciar tu nombre cuando no estas. “Nos vemos mañana amigos” dice Eli, acompañando el gesto con un ademan militar de llevarse la mano a la frente, solo con un dedo, y se extraña al recordar su infancia, cuando la vida ya era dura de por sí, y el colegio era la excusa más fácil para estar todo el día dando vueltas por el campo, cerca de un arroyo que, mal rayo les parta, ya se encargaron de cambiarlo por una urbanización para extranjeros sobrados. Como lo pasaba con su compañero, aquel que casi todo el mundo tiene, y siempre aparece en sus recuerdos. Un niño delgado, con cara de estar siempre más cerca de cualquier infección o enfermedad que del aspecto juvenil y desenfadado que ha de dar un niño bien cuidado. Por su parte, Esteban sonríe mirando al techo, apenas unos instantes después de descubrirse examinando con detalle la reunión que tiene concertada para la semana que viene. “Que esperen sentados, me he ganado mi respiro”, y con el ritual que siempre usó empieza a acompasar la respiración con los latidos que desde hace poco siente más débiles. El recuerdo de su juventud lo transporta a un mundo donde lentamente las responsabilidades van desvaneciéndose en una nube blanca donde la inocencia, su inocencia, por cortesía, hace las veces de telón para ocultar la una realidad que escupe verdades como puños a la cara. Solo volver a correr en su imaginación, por el prado donde lo hacía de pequeño le devuelve la calma, junto a aquella criatura desgarbada de la que aún recuerda su sonrisa sincera como si lo hubiera visto ayer mismo, más necesaria en algunas ocasiones que el saludo tempranero del sol. El suspiro de la noche se hace trueno, y en apenas un parpadeo del alma la parca ha surgido fiera de su escondite, viene a cobrar, como siempre; y como cuervo que sobrevuela el lago, esta noche ha pasado por aquí, dejando las almas de aquellos infelices que la vieron, en el camino de ida hacia el lugar en el que los más valientes se ven postrados, suplicando una oportunidad. Sendero oscuro donde se departen las almas según el intento de vida que dibujaron, según su respuesta a la oportunidad instantánea que, por lo general, dieron en vida. No hay cambios, no hay respuestas, no hay más responsabilidades que las que aquellos que recorren este paso, por orgullo o culpa, transportan, aquellas por las que serán juzgados esta noche sobre las baldosas que ahora pisan. Por la izquierda llega Eli, tranquilo y con los ojos bien abiertos. Esteban se incorpora por la derecha, con la mirada expectante, pensando en los gritos de su decorador cuando pase por ese lugar. -No olvidaría esa sonrisa en cien vidas que viviera- dice Esteban, -y ciertamente han pasado siglos desde la última vez que te vi… ¡amigo!-. - Desde el colegio, hermano- responde Eli, -Volver a vernos después de tanto tiempo y en estos lares, con la de gente que pasó por mi vida, y creo que mi último recuerdo consciente fue para ti- -¿Cómo te trató la vida?- preguntan ambos al unísono, rompiendo a carcajadas mientras se abrazan exhibiendo la sonrisa sincera que solo la felicidad sabe dibujar; sí, incluso en estos lugares. Ambos saben la respuesta, y que mejor lugar para la sinceridad que cuando el sentimiento de ser juzgado por tus actos se delata tan cercano. Dos respuestas unidas en una sola frase, dos vidas, dos universos tan lejanos y distantes, y sin embargo unidos por el frágil recuerdo de la niñez. Eli y Esteban se separan un poco para responder, mirando a los ojos, como siempre pensaron que debía ser una respuesta sincera, saben que van a responder a la vez, pero por una extraña sensación, tal vez provocada por el lugar, la incertidumbre, o el hablar por primera vez sin el extraño lastre del cuerpo para el alma, conocen la respuesta del otro. -“He tenido suerte, he vivido la vida que quise”- sonríen… Y entre risas e historias siguen el rio de almas que andan hacia un lugar incierto. Esta noche la muerte ha necesitado muchas para calmar su sed, y sin embargo se siente hastía por ver que dos de ellas empiezan a desdibujarse en el horizonte con la convicción de que, hasta el último aliento, vivieron la vida a su manera, lucharon por sus sueños y murieron con la conciencia de saber que estos, aunque diferentes para cada uno, devuelven la misma gratitud incluso solo por el precio de andar su sendero. Sí, hoy la muerte no se encuentra plena en su victoria, mira a su derecha y ve acercarse una dama vestida de blanco, con mirada traviesa y media sonrisa dibujada, mirándola fijamente con las cejas arqueadas. Sabe que lo ha visto, sabe que viene contenta, como siempre, sabe que viene a burlarse, sabe que es la vida… que al llegar a su lado se ha acercado a su oído para decir… “incluso en tus tierras puedo ganar. Vieja…” €clips€ PECES DE SUPERFICIEA estas horas el reloj se ha cansado de hacer su irónico “tac tac” petulante que le recuerda que los minutos caen uno tras otro, inevitablemente. Unas veces tan rápido como el rayo, otras tan lento que entre uno y otro se pueden contar las interminables historias de brujas que vendieron sus escobas para comprar caramelos, que su madre le contaba, engañadas en todas por no hacerse cargo de que siempre, siempre, hay alguien más listo. Sabe que bucear hasta el fondo de las cosas nunca ha salido gratis, y son las mismas cosas que había bajado a buscar, las que ahora hacen de plomo impidiendo que la subida a la superficie sea tan ligera como hubiera querido. Aún así, siempre ha tenido sus propios medios, maneras individuales, lo sabe, de dejar de lado las cosas durante algún tiempo. Ya pagará la cuenta de las noches sin dormir otro día. Hoy no. En el fondo se reconoce como un pato sin alas, intentando levantar el vuelo mientras corre por un llano lleno de piedras, no, no es la forma correcta que tomar en estos lugares. Siempre se sintió mejor en la superficie, donde el sol calienta porque sí, y no hay necesidad de buscar nada más que aquellos lugares donde llegan sus rayos, para recostarse el tiempo suficiente, de balde, y escapar rápido a la sombra cuando este se hace pesado y pica. Sí, siempre se desenvolvió bien en la parte menos honda del lago. Además allí donde quiere estar conoce mucha gente, muchos lugares, muchos sitios donde esconderse, sitios que poca gente encuentra, aún estando a vista de todos. Intenta dibujar esos lugares entre los puntos de la pared, un poco más abajo del cuadro que compró por compromiso a un amigo pseudo artista, por no tener el valor de decirle que, de artista, solo los pinceles y sin tocarlos. Su gente está arriba, donde nadie pregunta por cómo ha ido el día, por cómo va la vida, por el color que toman sus sueños en cada momento. Son gente parecida, que huye de la oscuridad que devuelven las cosas al hundirse despacio en lo profundo e intrincado de los caminos que, a veces, reconoce el alma al pasearlos. Su gente no quiere saber de dónde viene, o a donde quiere ir, su gente solo desea ver la parte buena, la que anima, la que hace que las estrellas se olviden bajo las luces vivas que parpadean sobre la nube tóxica que fluye en los ambientes cargados donde siempre sabe qué lugar ocupa. Al mirar a su derecha descubre su mano en la espalda desnuda de alguien, otro animal de superficie sonríe, otra persona que no pregunta nada más que por las cosas que desea escuchar, por las historias que hacen a la gente más interesante durante el camino que hay del pasillo a la cama. ¿Su nombre? Se pregunta, qué más da. Seguramente no es su nombre real, tampoco el recuerda haber dicho el suyo, aunque por vicio cómico siempre intenta que todos terminen en “an”, ni a él ni a ella mañana les resultará importante. Han tomado lo que querían esta noche, los tragos de agua de superficie que hacen que la vida, durante un corto periodo de tiempo, lo que dura, se haga un poco más interesante. Quizás ella está casada, o necesita salir de una relación enganchada en un bache, o solo es como él, un ánima falsa en busca de un calor que no echará de menos cuando mañana cruce la puerta de vuelta a casa, a ese nivel, el calor sale gratis si sabes dónde buscar. Quizá otra noche la vea y decida preguntarle porque suspiraba entre sueños, o porque mantuvo todo el tiempo sus ojos cerrados, o porque se empeñaba tanto en impresionarle bajo las sábanas, tampoco le importa, pero es un tema por el que partir algo más adelantado del principio de camino otra noche. En el intento de dibujar un corazón con los dedos en su espalda, ella se ha movido, y ha salido desdibujado. Sonríe y piensa que en el fondo, su corazón no es muy diferente de lo que le acaba de salir, un garabato de un niño que cada noche sale en busca del amor caduco que ofrece la luna en su menú. Dibuja tres partes y recuerda a las personas que se lo regaló. Su primer amor, la niña que le hizo saber que el mundo se puede ver de tantas maneras como momentos tiene la vida. El segundo es para la mujer que casi lo lleva hasta el cura, “que irónico” piensa, un ateo jurando en un altar que amará de por vida, cuando apenas sabía si el mismo se quería. El tercero es un recuerdo especial, un regalo que hizo porque quiso a una persona que, hasta hoy lo cree, se lo merecía. Alguien que le enseño que en cualquier parte del mundo, en cualquier momento, en cualquier lugar, puedes descender de la superficie al fondo acompañado de la mano de los sentimientos que nacen al calor de la mirada de unos ojos que, por querer, hubieran bajado hasta infierno si eran sus manos las que la llevaban. Por ella vendió su alma al diablo, y sello el pacto con la sangre de las cosas que ahora se empeña en reparar. Por ella sabe que se quedó sin nada que ofrecer la próxima vez que bajara a estos niveles, donde todo se vuelve nublado. Por ella vuelve a salir a flote, a donde quiere estar ahora, por haber intentado ser un pez abisal, y ahora es un pez de superficie. “…en los charcos no se puede naufragar…” €clips€
HESPÉRIDESBajo los escombros del derruido paraje del alma se asienta la vieja madera de lo que un día lejano tuvo que ser un árbol viejo. Un tocón de madera que extrañamente siempre trasmite la misma sensación de haber tenido otra vida, mejor que esta sin duda, más amable, más agradecida. Siempre pienso que ha de haber sido un gran árbol, de estos viejos que aguantan día tras día, siempre mirando el mismo horizonte, siempre esperando la llegada de la primavera para poder recrecer un poco más, para poder mostrar al mundo todo lo que ha conseguido en su íncubo invernal. Aquí estamos seguros de que no ha llegado por placer, nadie viene aquí por que quiera, nadie se equivoca y entra a curiosear, nadie se deja caer por descuido, todo lo que puedes encontrar aquí ha llegado por algún motivo, todo tiene su historia, y este árbol, aún a riesgo de dar un cañonazo a la verdad, no hubiera pensado nunca que acabaría siendo la vieja barra del bar hespérides. En los listones de su barra han descansado las penas de todos los que venimos por aquí, gente sabia, cada uno en su tema, cada tema en lo suyo. Entendidos en materias en desuso, expertos en curiosidades que no interesan a nadie, diplomados en descuidos, licenciados de la vida, en fin, fieles filósofos del silencio que siempre entendieron que la palabra adiós no se puede decir salvo en el lecho de muerte, y con reparos de seguridad. Las notas de un piano vuelan desde el fondo, impregnando el humo que mece el ambiente en notas acompasadas del canto de Lareis. Tomás nunca deja de acariciar las teclas con la delicadeza de aquellas personas que transforman las notas en una historia para los sentidos, y ella de cantar, ambos atados a las cadenas del miedo a parar por si el otro se cansa y se marcha. Creo que nunca han hablado entre ellos, aunque se conocen como si hubiesen vivido juntos desde niños, ella improvisa, él improvisa… y a su manera se cuentan la vida entre arpegios, miradas y cantos de sirena, a su manera, siempre a su manera. En la esquina duermen dos mesas redondas, grabadas con el nombre de quien las ocupa, no recuerdo a nadie que se haya ganado el derecho a ocuparlas salvo aquellas que ya lo tenían, creo que incluso antes de que Álvaro abriera sus puertas. Tienes que fijarte bien, pues se dibujan en la oscuridad bajo la luz de dos bombillas que, entre el humo, piden a gritos socorro desde hace años. Pero ahí están, aguantando como faros entre la niebla, como luces que indican el camino a los pesqueros en las noches de tempestad. La otra mesa siempre está ocupada por Fran, o Juan, o Atuan, todos los nombres responden a la misma persona y siempre todos acaban en “an”, así que por aquí le llamamos “ese-an”, evitando de antemano una nueva historia que justifique el cambio de nombre. Sabes que está por las veces en las que, extrañamente Lareis deja de cantar y Tomás estira los dedos, escuchas el agresivo tintineo de los hielos de su vaso de ron, siempre solo, chocando al agitarlo, mirando fijamente a la puerta, lleva años esperando la venida de alguien nuevo, hombre o mujer, alguien con quien poder desplegar todo un escaparate de seducción que, dice él, una vida llena de viajes de cama en cama, enseña. Lo único verdaderamente cierto es que, las pocas veces que ha salido de su nube de misterio, verdades o mentiras, es un contador de historias y anécdotas, vividas o no, que consigue mantenerte expectante hasta que las termina. Volviendo al principio, a lo que un día fue el protagonista de un texto… creo que era “ecos centenarios”, en la parte más pequeña de la L que dibujo, cae a plomo un pilar que parte a esta en dos, dejando un rincón de apenas una persona a cada lado. Álvaro siempre sonríe imaginando al arquitecto ardiendo en las llamas del infierno una y otra vez, gritando su nombre, pidiendo perdón mil veces por no haber no previsto que su bar, el hespérides, tuviera una barra tan alargada. A veces te sale con estos puntos y, dentro de la perplejidad que te provoca un hombre siempre tan tranquilo, en sus palabras resulta un dictado cómico de despropósitos y laceraciones al alma, de un infeliz para otro que no sabrá que hay alguien en el mundo que nunca lo olvidará. En esta parte tan extraña siempre se coloca una pareja que viene los lunes, y como si el dibujo de verlos a uno y otro a del pilar calzara por la mano su vida, se sientan y hablan entre ellos como si en medio no hubiera nada. Helio y Dulce me contaron las hermanas Egea que se llaman. Se nota a distancia que uno de los dos persiguió la relación hasta que la otra parte, por soledad, pena, desdicha, o cualquier infarto que da la vida en sus recovecos, cayó rendida al acoso de quién sigue, persigue y no desiste. Hoy cada uno hace su vida, y solo el miedo a la soledad de descubrir lo desconocido, hace que ninguno intente comportarse como lo requiere la decisión que sus almas tomaron hace tiempo. Al otro lado de la barra, y a fuerza de costumbre este tipo de cosas se hace normal, siempre esta Amor, vestida de novia, y Tarzán, sabemos que no se llama así, pero eso no se pregunta, vestido con un traje de almirante a modo de percha para las medallas que ganó alguna vez en su vida. Amor es la eterna novia, aquella que estuvo esperando un príncipe azul que, por espera o desespera, daltonismo, miopía o azares de esta perra vida, supo que el color de las personas solo ve durante unos instantes, apenas, cuando te dan la espalda para marchar. Tarzán es otra historia, siempre tras una gran perilla blanca, da el aspecto exacto que un verdadero marino debería tener, ojos inquietantes, cara seria y porte orgulloso… pero se pierde si de entrar en detalles se trata. Puedes ver que muchas de esas medallas han sido talladas por manos inexpertas al calor de la soledad que una vida de expectativas inconclusas devuelve por venganza. Como si el destino le culpara de no haber hecho nada en la vida para conseguir sus sueños. El resto de la barra es una reserva permanente para todos los que aún no nos hemos ganado nuestro sitio por aquí. Los que no venimos aún lo suficiente o los que, a veces, por azares del destino, pasan largas temporadas fuera sin dar la cara. Nadie se preocupa de ellos, de nosotros, de todos es sabido que una vez que conoces este lugar, siempre vuelves, unos más tarde, otros más temprano. Y aunque por aquí hemos visto pasar a algunos que nunca volvieron, lo cierto es que el camino al hespérides nunca se olvida. Como si de una leyenda antigua se tratara, las normas de este lugar flotan en el ambiente cuando llegas la primera vez. Y si no sabes verlas, las hermanas Egea no tardan en sentarte y enseñártelas gustosamente. Después todo es una locura de palabras enredadas que vienen de un lado y otro, susurros de cotilleos de la gente que allí se encuentra. Todos acaban por salir corriendo a sentarse en cualquier otro lado. Pero por una cosa u otra, las normas se saben. Aquí no se pregunta por la vida que ha tenido o tiene cada uno, y si es el caso, no esperes por respuesta más que trazos pintados de la aquella que desearían tener. Álvaro no escucha penas, para eso está el ron, bebida de piratas y canciones olvidadas; saltar esta norma implica un viaje por los escondrijos más oscuros del alma, desde el principio de la historia, desde los inicios hasta el porqué terminó sirviendo en un lugar como este, así se venga de tus penas, exponiendo las suyas. La última regla, la que todo el mundo que ha pasado alguna vez por la puerta sabe que ha de cumplir, la que todos los que estamos aquí respetamos por ser la parte viva de la cara del mundo que siempre quiere esconderse, la regla de oro que todo buen local ha de imponer a la apertura, y mantener aún a pesar del cese del negocio, por aquello del recuerdo, es que a este bar, al hespérides, solo se va cuando uno está triste. Aquí las penas siempre supieron el camino de vuelta… “…por las rondas del olvido…” €clips€ MADRUGADA
Quieto el sol se ha quedado de un instante al uso colgado pidiendo a gritos ayuda. Que por ser quien es tuvo la duda de seguir a bien iluminando, o parar quieto y sentado perder la vida observando.
Como intentar no hacer nada y llegar a ningún sitio a la hora equivocada.
Son sus ojos que destapan al alma mil marejadas y del norte bajan de poniente ávidos enseñando los dientes penachos trenzados de madrugada. Que guardan el brillo nacido del sueño de un mundo extinto, por ser al tiempo bueno y mal vicio, por llegar a deshora en el instante propicio.
Un beso enorme señora, que despierte siempre igual, con el alma entre los cuentos, con los ojos en la verdad, de las cosas que cerca ocurren, de los instantes que están por pasar, de los halos incautos que se escurren cuando los sueños se hacen realidad
…todo lo bueno pasa, siempre, a partir de las dos de la mañana… €clips€ |
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